Valentín Salinero García, hombre alegre y lleno de compasión, nació en el seno de una familia humilde de Alba de Tormes, el 10 de noviembre de 1840. Creció en una población de gran religiosidad con muchas iglesias y conventos. En este ambiente de intensa espiritualidad brota en el corazón del joven Salinero la vocación a la vida consagrada. Era inquieto y de corazón generoso, a los 14 años se trasladó a Salamanca para trabajar en el comercio y ayudar a su familia. Pero el Señor tenía una propuesta diferente que hacerle: le invita a seguirle de cerca y, con esa misma generosidad que lo caracterizaba, responde al llamado de Dios, e ingresa a la Compañía de Jesús el 23 de Julio de 1859.

Sus compañeros lo recordaban como un joven agradable jovial, bromista, apacible, placido, siempre igual, caritativo con todos; un jesuita en quien la obediencia y la caridad iban juntas. Su formación, orientada hacia las misiones, fue configurando profundamente su corazón. En la etapa de Magisterio fue destinado a La Habana, Cuba, partiendo con grande ilusión a esa Isla que tanto amó.

Su corazón misionero no se conformaba con las clases del Colegio; había en él una explosión de amor que lo lanzaba al encuentro de la gente sencilla en campos y bateyes, en cárceles y barrios marginales, lugares donde dolor y exclusión se dan la mano. Acompañaba al Obispo de La Habana, Mons. Manuel Santander Frutos en las misiones pastorales, lo que le permitió conocer prácticamente la mitad occidental de la Isla. El sufrimiento de la gente, la injusticia a la que eran sometidos y el abandono pastoral de esas zonas conmovía profundamente su corazón compasivo y misericordioso.

En esta realidad el P. Valentín Salinero escucha el soplo de aliento y vida del Dios que se arriesga en la historia de hombres y mujeres concretos. Y surge en él el deseo de transformar esa realidad. Intuye un camino y, en oración y discernimiento, pone su confianza en el Corazón de Jesús y propone su inquietud a un grupo de mujeres del Apostolado de la Oración, que él acompañaba en La Habana. Cinco de ellas se unen al Proyecto de fundar una Congregación, entregando generosamente sus vidas para “regenerar la sociedad”. Así, en un momento político de gran convulsión social, nace la Congregación el día 18 de diciembre de 1891, fiesta de la Virgen de la Esperanza.

Poco tiempo después, el P. Salinero es trasladado a España, lo que facilitó que el Instituto se extendiera por esas tierras. En sus últimos años recibió el regalo de regresar a Cuba, teniendo la dicha de ver crecer a sus Hijas y de recibir la Aprobación de nuestras Constituciones por parte de Roma. Dos meses después, el 28 de septiembre de 1913, murió en el Colegio de Belén de La Habana rodeado de cariño y admiración por parte de todos los que le conocían.